Ana Gallardo

Sin Título (2008)

Durante los días que estuve en Montbeliard, me relacioné con dos mujeres, Marie Ange y Mouguette. Trabajé con ellas sobre sus historias de vida. Cada una por su lado, en maravillosos encuentros privados, me contaron fragmentos de sus vidas.
Decidimos entres las dos qué fragmentos representaríamos.
Finalmente dibujamos en las paredes con carbonillas dichas historias.
Marie Ange, 62 años.
Ella fue enfermera de un siquiátrico del estado. Se dedicó a los enfermos autistas. Un día salieron todos a pasear y uno de ellos dijo que quería quedarse a vivir en el bosque por el cual paseaban.
Fue la única vez que el chico hablo en su vida. Este fragmento a Marie Ange la conmueve mucho. Hemos dibujado el lugar donde pasearon esa tarde.

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Fragmentos para una niña triste (2008)

Le 19, Centre Regional d'Art Contemporaine, Montebeliard, Francia.
Intalaciones con muebles y cinta de pintor. Y otra instalación con sillas de colegio de monjas.
Es importante tener un alma
poder conservarla...
cuidadosamente
Mi orfandad no me abandona
En cada mueble encontrado o prestado habita una historia que puede custodiar mi vida.
De esas historias me apropio.
Las tomo y las hago mías, por la fuerza y con locura.
La cinta de pintor hace las veces de madre sosteniendo las historias que robo.
La cinta guarda, doma, sujeta, contiene, cuida y ordena para mí, como si fuera yo aún una niña.
Llena mi espacio vacío, alimenta mi alma.
Y la cuida como una madre.

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Casa rodante (2007)

Performance y video. Galería Appetite.
Durante el año 2006, estuvimos sin casa.
Decidimos esperar para alquilar una que nos gustaba mucho, que era muy barata, aunque tenía problemas legales que supuestamente se resolverían enseguida.
Comenzamos a mudarnos una vez por mes.
Anduvimos por el living de la casa de mi hermano, por otro de la casa de otra hermana, y cuidamos la casa de mi amigo cuando se fue de vacaciones, y de otra amiga cuando se fue a la bienal y fuimos a otra casita en la terraza de otra amiga y así se nos paso el año.
Durante este periodo guardamos nuestras pertenencias en un galpón.
Sólo nos quedamos con una maleta, algunos libros, discos y la computadora.
Y pasó todo un año.
Y un día apareció Esteban con la casa en la que ahora vivimos.
Pero aquí los muebles del galpón finalmente no entraron.
Son añosos y gastados, pero queridos por mí. Los heredé de afectos y acompañaron la vida de Rocío, mi hija.
Ellos conforman nuestro patrimonio y con los mismos construí nuestra casa rodante.
Una tarde de domingo salimos a la calle. Anduvimos 8 km.

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Mi tío Eduardo (2006)

29º Bienal de Pontevedra. Curadora Victoria Noorthoorn. Galicia – España.
Nació en Granada, España, hace 78 años.
Hace 50 que vive en Rosario, Prov. de Santa Fe, Argentina.
Nunca regreso a España: siempre deseó hacerlo.
Le propuse hacer un viaje juntos. La primera etapa fue de recorrer con la memoria los lugares que siempre añoró.
Trabajamos durante todo el verano planificando los itinerarios que haríamos.
Finalmente no quiso viajar y lo hice sola, utilizando el planito que el dibujo en mi cuaderno.
Llegue a Granada y filmé los paisajes afectivos con lo que él hubiese deseado reencontrarse.
En Rosario, finalmente vio todos esos lugares en una proyección en la cocina de su casa.

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La hiedra (2006)

En esta expo había además unos sillones para ver películas de amor clásicos de cine y
hubo un concierto de boleros y una tarotista del amor.

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La hiedra - Rogelia (2006)

Rogelia, 78 años
Ella cosió un vestido cuando tenía 18 años, para enamorar a un deseado compañero de estudios. Fantaseaba con abrir la puerta y que él, al verla, se enamorara.
Pero después de coser toda la tarde, la puerta la abrió otra persona.
Este vestido fue hecho con la guía de Rogelia, por Marina De Caro y por mí.

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La hiedra - Lidia (2006)

Lidia Barreiro, 78 años.
Una tarde me leyó la carta de despedida de un fino bailarín de valses huracanados.
Poco después redactó este texto y tomó la foto.
Cartas desteñidas
No sé si fue esa tarde de sábado, gris, desapacible, lluviosa que me llevó a desempolvar las cajas de cartón que por años estuvieron arrumbadas en un pequeño placard que hacía las veces de trastero.
Desde cuándo estaban ahí atesorando recuerdos? Fotos, recortes de diarios, papelitos con dibujitos hechos con lápices de colores, notas escritas por manos infantiles recordando un cumpleaños o “sos la mejor mamá del mundo”, “felicidades en tu día papito”, ó “mañana despertame temprano, tengo prueba”, la infaltable cartita de los reyes magos y además la siempre ridícula foto de casamiento, la mía y la de mis hijos, postales de felicitaciones navideñas, las invitaciones para el casamiento y cumpleaños de 15 de mis hijos. Todo mezclado y resuelto, siempre haciéndome la promesa de que un día voy a ordenar todo esto y voy a quemar tantas cartas amarillas que no se han vuelto a leer en tanto tiempo. Y mientras ojeaba todo esto, recién me di cuenta de que en esas enmohecidas cajas y cartas desteñidas vivía acurrucada toda mi vida desde que me casé. Había allí sesenta años de mi vida.
Leí algunas tomadas al azar, unas me hicieron reír, otras recordar como si no hubiera sido escritas para mí, distintas personas, distintos momentos pero muy presente el motivo y la razón por las que fueron escritas.
Ya iba a dejar de leerlas tal vez demasiado conmovida por esos recuerdos que a esta altura de mi vida resultan ser emotivamente demasiado fuertes, cuando al tratar de volver a ordenar tanto papelerío mis dedos dieron con un paquete de cartas atadas con un cordón amarillo... Eran las cartas que sólo yo había leído, las cartas de mi adolescencia, pero entre todas reconocí un sobre color madera dirigido a mí como señorita Lidia (el sello de correo tenia fecha 5 de marzo de 1943) y todo el recuerdo se me hizo vivido.
Todo se borró a mi alrededor y sentí que toda yo me desvanecía y me volvía etérea hasta meterme dentro de aquel sobre donde él me esperaba.........
Era el club del barrio, ya antes de llegar se oía la música, apurábamos el paso, yo iba con mi hermana - subíamos jadeantes las escaleras que llevaban a "la terracita de los enamorados". Así llamaban a ese lugar tal vez porque al estar al descubierto se podía ver el cielo muchas veces estrellado o con plateada luna en las noches de verano, y a veces con amenazas de tormenta, que nos hacía abandonar apresuradamente el lugar y correr al gran salón donde se seguía bailando aunque no tan a gusto como en la “terracita”.
Siempre había mucha gente, chica y chicos, o muchachas y muchachos como se decía entonces, cruzando miradas algunos, otros buscando y prefiriendo a quién bailara bien. Yo, yo sólo buscaba a aquel muchacho alto, flaco, desgarbado de ojos tristes y aspecto agitanado, lo había visto muchas veces en compañía de mi primo, supongo que eran amigos, hasta que por fin lo vi, tuve la impresión de que también me buscaba, tiró el cigarrillo que estaba fumando y lo vi venir hacia mí, sin decirme nada con una sonrisa, me sacó a bailar, cuando terminó aquel vals - aunque recuerdo bien cual era – nos quedamos charlando y por más que me esfuerzo no recuerdo de qué hablábamos, eran tan largos los silencios... y además yo tenía 15 años y el 19... Siguieron varios meses y sólo nos veíamos de aquella manera, en el club, y sin decirnos nada que hiciera pensar que fuéramos algo más que una parejita que se llevaba bien bailando juntos.
Pero yo sé que los dos sentíamos por primera vez ese sentimiento, esa sensación etérea de estar parados sobre una nube, que nada existía alrededor nuestro, que lo que nos rodeaba era intangible, eran sólo imágenes oníricas, sólo nosotros dos éramos reales.
Después de varios meses, la primera cita, un anochecer frío y brumosos de invierno, en una esquina del barrio, cuándo me acercaba al lugar comenzó a llover, las gotas caían lenta y especialmente como si tristemente brotaban desde mi interior.
Divisé su silueta con el infaltable cigarrillo en la mano y cuando me acerqué a él en sus ojos vi y sentí todo el amor que por mí tenía, había como una luz interna que asomaba de aquella mirada de ojos rasgados y profundos, no así los míos que los sentía cansados y enrojecidos de tanto que había llorando antes de salir de mi casa: mi madre dijo No, y por esos tiempos para una niña de 15 años obediente y buena hija, era No.
Caminamos varias cuadras bajo una llovizna insistente, uno al lado del otro sin siquiera tocarnos, yo dando razones y él tratando de convencerme de lo contrario. Nos despedimos en una esquina, pero esta vez había lágrimas en los ojos de los dos.
Y por supuesto se terminaron nuestros encuentros en la terracita, su orgullo le impidió acercarse nuevamente a mí.
Después... lo de siempre, cada cual por su camino, yo me casé, tuve hijos, fui feliz pero no pude deshacerme de la carta de su despedida esta que hoy tengo en mis manos y que me hizo regresar a los años de aquel lejano y perdido amor primero y que aún después de tanto tiempo, casi al final de mi vida ese, recuerdo dejé caer mis lágrimas haciendo un borrón donde él escribió mi nombre y dirección y encerró su adiós, en este sobre color madera que hoy vuelvo a guardar en esta vieja caja de cartón junto a otros atados con un cordón amarillo.
Lidia Barreiro
2006

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La hiedra - Gabriela Zajur (2006)

Gabriela Zajur, 45 años. Óleo sobre telas 2005/06.
Jorge, 84 años, es el único y gran amor que ella ha tenido.
Siempre ha estado con él.
Enamorada para toda la vida, y más también.
Ha decidido gozarlo eternamente.
Lo pinta en todas sus formas y colores.

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La hiedra - Eva Amor (2006)

Eva Amor, 78 años.
No tuvo hombre.
Jamás.
No cree que fuera una decisión difícil de tomar.
Ella dice que decidió estar sola y entregarse al canto.
Vivió la pasión a través de las mujeres heridas de sus personajes.
Y Cantó.

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La hiedra (escalera) (2006)

La hiedra - Galería Alberto Sendros.
Entrevisté a mujeres en su casa, entre sus cosas y después de íntimos y extensos diálogos y de momentos de alta emoción, fue tomando cuerpo la obra. Con cada historia de vida realicé un trabajo personal y compartido. Elegí mujeres de edad suficiente como para atreverse a revisar su proceso íntimo frente al sentimiento amoroso y las bifurcaciones que esto conlleva (entre 40 y 78 años).
Recurrimos a variados elementos que nos parecieron representativos de sus historias y con ellos accionamos en esta instalación.
Además, se convocó por mail a todo aquel que quisiera llevar un objeto personal relacionado con una historia de amor, la que quisieran contar. La convocatoria fue abierta y durante la exposición la gente siguió llevando cosas.

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Patrimonio (2003)

Instalación de muebles, cinta de pintor, dibujos y audio. Galería Alberto Sendros.
Texto de Jorge Macchi:
Imagino a un hombre hambriento en su cueva prehistórica dibujando sobre la pared la silueta de su ansiada víctima. En determinado momento decide atravesar la silueta con algunas flechas para asegurar aun más el éxito del sortilegio. El hombre termina el dibujo sale a cazar y vuelve con un maravilloso antílope que lo saciará por varios días, hasta que tenga que salir nuevamente a calmar el hambre. Es un hombre creyente: cree que hay una relación directa entre el dibujo en la pared y el animal que trajo a su cueva.
Imagino esto mientras veo como evoluciona la instalación de Ana. Por un lado una serie de objetos aparecen amontonados y sujetados a la pared de una manera bastante frágil y desesperada. Pareciera que el material que usa para mantenerlos unidos y sujetos a la pared es lo primero que encontró (curiosamente la llamada cinta de pintor) y lo que satisface mas rápidamente su urgencia. En la pared opuesta hay una aglomeración de dibujos sujetados con la misma cinta. Son estudios de objetos tales como almohadas, libros, colchones, sacos, sillones, lámparas objetos que se vislumbran entre las cintas en la acumulación de la otra pared. Pareciera que se detuvo a representarlos antes de sujetarlos de esa manera tan particular.
En Ana el pensamiento mágico del cavernícola se hace absurdo: ese personaje que ella hace de sí misma no acumula objetos, los sujeta a la pared y losrepresenta obsesivamente para poseerlos, porque de hecho ya los posee. Lo que el cazador paleolítico hace antes de ir a cazar Ana lo hace en la supuesta tranquilidad del hogar que esos objetos habitan desde hace tiempo. Entonces, ¿para qué hace todo esto? Una canción apenas audible que sale de un aparato que forma parte del amasijo de objetos, da la pauta de que esos objetos fueron regalos o sedimentos de antiguas parejas o noviazgos. ¿Este dato es realmente importante?
Las dos preguntas dirigen la mirada hacia algo invisible que está más allá de los objetos, más allá de la posesión de esos objetos. La representación y la aglomeración y sujeción de objetos no es un rito mágico para poseerlos. Antes, es un rito para que no se vayan. Yo creo que loss objetos están ahí para demostrar la fugacidad de todo lo que pertenece a lo humano.
Recuerdo ahora la imagen terrible del Saturno de Goya comiéndose a uno de sus hijos con esa mezcla perturbadora de ansiedad y melancolía.

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